Cómo enfrentarse a un mundo globalizado

Recuerdo claramente cuando me encontraba estudiando la secundaria y me preguntaba ¿qué más sigue?

Mis padres fueron unas personas que entendían que el estudio era una forma de salir adelante, de conseguir empleo y poder tener una vida mejor.

Así que continué mis estudios hasta la universidad.

Casi al terminar me volví a cuestionar qué más sigue y todo el entorno me seguía indicando que ahora la mejor opción era tener un posgrado.

Para esas alturas me sentía como en una carrera, sólo que no tenía fin.

Ahora a la distancia y ante el nuevo panorama mundial, es importante reflexionar sobre qué necesitarán nuestros hijos para salir adelante. De hecho, ya lo estamos viendo en estos momentos.

Si bien la escuela es necesaria, será, hasta cierto punto, útil. Sin embargo, hoy estamos comprobando que no es suficiente pasar más de 20 años estudiando.

Hoy por hoy, un individuo requiere contar no sólo con conocimientos y manejo de información, sino también requiere de estimular otro tipo de inteligencias, como lo es la financiera, la inteligencia emocional y la inteligencia social.

Junto con el desarrollo de estas inteligencias es importante acompañarlo con el aprendizaje de ciertas habilidades que les permitan desarrollarse e incrustarse en la sociedad con soltura y facilidad.

Además, es importante criar niños felices, seguros y autónomos. Estas son virtudes que los padres debemos sembrar desde la cuna y no dejarlo en manos del entorno.

Y sobre qué tipo de habilidades debemos desarrollar en nuestros hijos e incluso en nosotros mismos para facilitar el proceso de inserción en la sociedad y en el mundo productivo, veamos algunas sugerencias:

1) Dominar el idioma inglés. Sabemos que desde hace mucho tiempo, este es el idioma universal, principalmente para los negocios, por lo tanto, el dominarlo como una segunda lengua hará la diferencia ante un nuevo empleo, una oportunidad de viajar, estudiar o sencillamente para abrirte las puertas empresariales como un emprendedor.

Estamos viviendo un mundo globalizado y es necesario tener un puente de comunicación, por lo que el dominar el inglés y posteriormente el aprender un tercer idioma, será mucho más sencillo el tránsito por este mundo.

Así que a tomar clases de inglés para adquirir esta primera habilidad, que para nada es imposible de cubrir.

2) Conocer el arte de las ventas. Seamos claros, todos vendemos y todos nos vendemos. Ya sea un producto o servicio o nuestros propios conocimientos. Aquí lo importante es entender lo que existe detrás de una venta, como el carisma, el carácter, el lenguaje, la persuasión, etcétera.

3) Saber manejar Internet de forma profesional, como es el saber buscar, clasificar y discernir información.

4) Tener conocimientos de administración y manejo de personal. Conocer herramientas que te ayuden a organizar tus finanzas y desarrollar tu liderazgo para generar la sinergia necesaria para hacer que las cosas sucedan.

5) El punto anterior nos lleva al desarrollo de otra habilidad, que es el aprender a tener un excelente trato, comenzando con uno mismo, teniendo una alta autoestima y continuar con las personas que nos rodean, como compañeros de escuela o trabajo, con nuestros colaboradores, con clientes, etcétera.

Tengamos presente esta extraordinaria observación: una persona educada, realista, madura, amable, cordial, con buen sentido del humor y con un acertado sentido del servicio podrá mover montañas y hará cosas extraordinarias por quienes lo rodean.

Esta no es para nada una lista exhaustiva ni lleva este orden estricto, solo se plasman observaciones que te darán una guía para seguir tu camino.

El apuro capitalino

El día de ayer fui a ver a un amigo mío que se dedica vender los servicios de varias empresas de factoraje financiero en México, empresas que pertenecen a un mismo grupo y naturalmente a los mismos dueños. El motivo de mi visita fue que es posible que contratemos los servicios de una de aquellas empresas.

Al salir de ahí fui a otra reunión que quedaba literalmente hasta el otro lado de la ciudad, algo que por supuesto es una verdadera pesadilla, contando con el tráfico que tenemos aquí en México.

Este es un problema que muchas personas ignoramos en su plano real y solamente es algo que nos es molesto, pero también algo a lo que varios de los capitalinos se están acostumbrando, ya sea por apatía, mecanismo de defensa, o por cualquier otra razón, algo absolutamente entendible, ya que si nos estresamos por el tráfico más de lo debido, entonces nuestro día a día será un infierno.

No obstante, es nuestro deber entender el problema del tráfico, un tráfico catalogado en muchas fuentes como el tráfico más pesado del mundo, lo peor siendo que hace algunos años estábamos lejos de serlo, aunque siempre hemos contado con tráfico.

Uno de los factores más importantes del exceso de tráfico en la Ciudad de México se debe a la centralización absoluta del país, ya que el 85% de la industria que mueve a México se encuentra en la capital, algo digno de un país que no sabe cómo manejarse de una manera adecuada.

Es realmente impresionante que instituciones como la Secretaria de Marina se encuentren en la Ciudad de México y no en uno de nuestros infinitos puertos, donde se desarrollaría de una manera mucho más efectiva.

Esta centralización de la industria y de la bolsa de trabajo naturalmente atrae con ella a un enorme número de personas, de la misma manera en que la luz atrae a los mosquitos, lo que causa, por supuesto, un desastre en las calles y avenidas.

Otro asunto que no ayuda nada en este sentido es algo que ayuda mucho a la economía del país; me refiero a la súper producción  de automóviles, rubro en el que nuestro país ocupa el segundo lugar mundial.

La exportación de automóviles es muy sana para nuestra economía, sin embargo, en cuestión interna es un desastre, debido a la increíble cultura consumista que tenemos en México y en el mundo occidental.

Sabemos, pues, que tenemos muchos autos en nuestra capital; sin embargo, lo peor es el mal manejo que existe en su mantenimiento y en la tremenda corrupción que existe en los centros de verificación, quienes dan el visto bueno a cualquiera que pague, basta nada más con ver a los camiones y autobuses que despiden humo como furiosos dragones, que crean naturalmente un aire tóxico, que a su debido tiempo tendrá severas consecuencias en nuestros pulmones.

Los Apóstoles

Un poquito antes de navidad tuve que ir a Campeche por un día, a causa de unas materias urgentes, que fueron, gracias a Dios, resueltas de manera parcialmente fácil,  por lo que me fue posible regresar ese mismo día en Interjet, para poder llegar a mi casa y terminar mis arreglos navideños con mi familia.

En mi vuelo de regreso tomé un libro que traía en el portafolio, uno que había olvidado desde hacía ya un tiempo, debido a que por lo general nunca utilizo ese compartimiento de mi portafolio, lo que reafirma mi teoría sobre el hecho de que no existen las casualidades.

El libro es uno muy pequeño, pero con un contenido bastante fuerte, ya que habla del destino que siguió a todos los apóstoles después de la muerte de Jesucristo, un destino sumamente cruel; sin embargo, uno del cual Jesús habla en sus mensajes a la gente, donde dice que en el sufrimiento está la salvación, un mensaje que él mismo siguió al morir voluntariamente en la cruz.

Muchas personas, incluyendo muchos de los fieles de la fe cristiana, olvidamos el suplicio que fue la crucifixión en un plano físico y el dolor que padeció nuestro señor Jesucristo durante toda la condena de aquellos soldados romanos, expertos en producir dolores y torturas inimaginables para la audiencia del siglo XXI.

A su vez, aunque se conoce sobre la crucifixión, se ignora el verdadero proceso por el cual pasó el rey de los cristianos, ya que la cruz fue el último paso en aquel día viernes, cuando temblaron este mundo y el otro.

Antes de ser crucificado, Jesús fue hecho preso por las autoridades judías y llevado ante los tribunales del sanedrín, donde se le acusó de blasfemia y corrupción de las mentes de todos aquellos a quienes dirigía la palabra, así como de utilizar artes extrañas ajenas a la fe judía para curar a los enfermos y en algunos casos de expulsar demonios de las almas de personas usando el nombre de Dios; sin embargo, el peor de estos cargos era aquel de blasfemia, por afirmar que él era el mesías, el hijo de Dios enviado al mundo para restaurar la conexión de las almas humanas con la voluntad de Dios y para abrir las puertas del paraíso con su propia sangre.

Durante este juicio, nuestro señor fue encontrado culpable y enviado a prisión por el resto de la noche, donde habría de ser brutalmente azotado con las cadenas de hierro e insultado por quien quisiera.

A la mañana siguiente, Jesús fue trasladado con las autoridades romanas para ser examinado por el gobernador de Judea, Poncio Pilatos, quien interrogó a su prisionero y le encontró inocente, algo que enfureció a las masas esperando fuera de Palacio de Gobierno, por lo que el gobernador romano, intentando tranquilizar a las masas, ordenó la flagelación de su prisionero, una práctica que se llevaba acabo con un látigo de cuero sólido, con clavos de acero en forma de anzuelos, diseñados para arrancar grandes pedazos de piel de aquel que fuese azotado con ello.

Después dicha tortura, donde Jesús nunca se quejó, nuestro señor fue llevado una vez más con el gobernador Pilatos, quien se horrorizó por el estado en el cual regresó aquel hombre a quien él creía inocente y a quien intentó liberar una vez más a lo que las masas reaccionaron violentamente y gritaban que se le crucificase.

Esto era una verdadera situación delicada para el gobernador romano, debido a que Cesar le había advertido que la próxima vez que hubiese una rebelión en Judea sería su sangre la que correría.

Por esta razón condenó a nuestro señor Jesucristo a muerte, lavándose las manos y entregando a Barrabás a las masas judías.

Cristo cargó la cruz hasta la cima del monte Gólgota, donde fue crucificado y donde pidió a Dios su padre que perdonara a los que le agredían, porque no sabían lo que hacían.

Al resucitar, Jesús subió al cielo; sin embargo, sus discípulos fueron por el mundo predicando los evangelios y todos eventualmente murieron, en el nombre de Dios, una muerte violenta, con la excepción de San Juan, quien fue el único que acompañó a Jesús en la cruz.

San Juan vivió 90 años, 40 de los cuales los vivió en una cueva en Grecia, donde escribió el Apocalipsis.