Seguridad en las escuelas

La sesión de ayer de mi diplomado en medicina general no transcurrió como siempre. Seguramente ustedes, apreciados lectores, adivinan la razón. Maestros y alumnos teníamos en mente los acontecimientos recientemente ocurridos en el norte de nuestro país y todos nos hallábamos demasiado consternados como para concentrarnos en cuestiones académicas.

Algunos compañeros, que ya son padres, se hallaban muy preocupados y comentaban que aquella mañana, por primera vez, habían sentido temor al dejar a sus hijos en la escuela. Y es que si bien todos sabemos que la situación de nuestro país siempre ha estado lejos de ser idónea en materia de seguridad, también confiábamos en que ciertos lugares, como las escuelas, eran seguros y podíamos confiar en que al llegar ahí, nuestros hijos no tendrían nada que temer.

El maestro, por su parte, y otros compañeros del diplomado que también ejercen o han ejercido la docencia, comentaron que siempre han estado conscientes de los grandes retos que implica su profesión. Sin embargo, nunca habían pensado que entre tales retos pudiera existir un auténtico peligro para su seguridad e incluso para sus vidas.

Una vez que la discusión comenzó a decantarse por esos rumbos, fue inevitable llegar al tema de la seguridad en las escuelas. Al igual que muchos medios de comunicación, que supuestamente constituyen canales de expresión para la opinión pública, y como cientos de personas que no tardaron en emitir sus juicios en redes sociales, aun cuando no tenían un total conocimiento de las circunstancias, varios asistentes al diplomado eran de la opinión de que la tragedia se habría evitado con una “simple” revisión de mochilas en la escuela.

Señalo que tales juicios se emiten sin tener un conocimiento cabal de las circunstancias y por tanto los considero precipitados, porque realmente no podemos estar seguros de que ese tipo de medidas basten para evitar que la violencia se infiltre hasta las aulas. Más aún, el que alguien revise nuestros objetos personales, por más que se trate de una persona profesional y de confianza, ¿no es ya, en cierta medida, un acto que nos violenta?

En nuestra sociedad nos hemos acostumbrado a sobrellevar ese tipo de situaciones, en aras de la seguridad. Aceptamos este tipo de revisiones en los aeropuertos y terminales, así como al ingresar a ciertos edificios, porque nos han hecho aceptar la idea de que al hacer esas concesiones a nuestros derechos y libertades individuales, disfrutaremos de un vuelo o de una estancia seguras. No obstante, también es válido preguntar por qué debemos ser nosotros, los ciudadanos que tratamos de vivir respetuosamente y en conformidad con la ley, quienes debemos someternos a ese tipo de exámenes que hasta cierto punto nos dejan en calidad de sospechosos.

Pero, quizás lo que resulta más urgente de analizar al hablar de la seguridad en las escuelas es la cuestión de si todo debe reducirse a medidas de vigilancia y restricción, como es el caso de la revisión de mochilas. ¿No habría que prestar la mayor atención al comportamiento, las necesidades y los sentimientos de los niños y jóvenes? ¿No sería importante identificar la forma en que toda la violencia del entorno les afecta y desarrollar estrategias para interpretar, canalizar y depurar todos esos sentimientos negativos?

Creo que mientras estas últimas cuestiones no se atiendan, las medidas de seguridad sólo serán paliativos menores, que no siempre lograrán poner freno a la violencia.