Los Apóstoles

Un poquito antes de navidad tuve que ir a Campeche por un día, a causa de unas materias urgentes, que fueron, gracias a Dios, resueltas de manera parcialmente fácil,  por lo que me fue posible regresar ese mismo día en Interjet, para poder llegar a mi casa y terminar mis arreglos navideños con mi familia.

En mi vuelo de regreso tomé un libro que traía en el portafolio, uno que había olvidado desde hacía ya un tiempo, debido a que por lo general nunca utilizo ese compartimiento de mi portafolio, lo que reafirma mi teoría sobre el hecho de que no existen las casualidades.

El libro es uno muy pequeño, pero con un contenido bastante fuerte, ya que habla del destino que siguió a todos los apóstoles después de la muerte de Jesucristo, un destino sumamente cruel; sin embargo, uno del cual Jesús habla en sus mensajes a la gente, donde dice que en el sufrimiento está la salvación, un mensaje que él mismo siguió al morir voluntariamente en la cruz.

Muchas personas, incluyendo muchos de los fieles de la fe cristiana, olvidamos el suplicio que fue la crucifixión en un plano físico y el dolor que padeció nuestro señor Jesucristo durante toda la condena de aquellos soldados romanos, expertos en producir dolores y torturas inimaginables para la audiencia del siglo XXI.

A su vez, aunque se conoce sobre la crucifixión, se ignora el verdadero proceso por el cual pasó el rey de los cristianos, ya que la cruz fue el último paso en aquel día viernes, cuando temblaron este mundo y el otro.

Antes de ser crucificado, Jesús fue hecho preso por las autoridades judías y llevado ante los tribunales del sanedrín, donde se le acusó de blasfemia y corrupción de las mentes de todos aquellos a quienes dirigía la palabra, así como de utilizar artes extrañas ajenas a la fe judía para curar a los enfermos y en algunos casos de expulsar demonios de las almas de personas usando el nombre de Dios; sin embargo, el peor de estos cargos era aquel de blasfemia, por afirmar que él era el mesías, el hijo de Dios enviado al mundo para restaurar la conexión de las almas humanas con la voluntad de Dios y para abrir las puertas del paraíso con su propia sangre.

Durante este juicio, nuestro señor fue encontrado culpable y enviado a prisión por el resto de la noche, donde habría de ser brutalmente azotado con las cadenas de hierro e insultado por quien quisiera.

A la mañana siguiente, Jesús fue trasladado con las autoridades romanas para ser examinado por el gobernador de Judea, Poncio Pilatos, quien interrogó a su prisionero y le encontró inocente, algo que enfureció a las masas esperando fuera de Palacio de Gobierno, por lo que el gobernador romano, intentando tranquilizar a las masas, ordenó la flagelación de su prisionero, una práctica que se llevaba acabo con un látigo de cuero sólido, con clavos de acero en forma de anzuelos, diseñados para arrancar grandes pedazos de piel de aquel que fuese azotado con ello.

Después dicha tortura, donde Jesús nunca se quejó, nuestro señor fue llevado una vez más con el gobernador Pilatos, quien se horrorizó por el estado en el cual regresó aquel hombre a quien él creía inocente y a quien intentó liberar una vez más a lo que las masas reaccionaron violentamente y gritaban que se le crucificase.

Esto era una verdadera situación delicada para el gobernador romano, debido a que Cesar le había advertido que la próxima vez que hubiese una rebelión en Judea sería su sangre la que correría.

Por esta razón condenó a nuestro señor Jesucristo a muerte, lavándose las manos y entregando a Barrabás a las masas judías.

Cristo cargó la cruz hasta la cima del monte Gólgota, donde fue crucificado y donde pidió a Dios su padre que perdonara a los que le agredían, porque no sabían lo que hacían.

Al resucitar, Jesús subió al cielo; sin embargo, sus discípulos fueron por el mundo predicando los evangelios y todos eventualmente murieron, en el nombre de Dios, una muerte violenta, con la excepción de San Juan, quien fue el único que acompañó a Jesús en la cruz.

San Juan vivió 90 años, 40 de los cuales los vivió en una cueva en Grecia, donde escribió el Apocalipsis.